Yo, quien jamas se atrevió a decirte lo que sentía

Cuántos de nosotros perdimos oportunidades únicas en la vida por el simple hecho de que no fuimos capaces de expresarnos oportunamente y con contundencia. Nuestra inseguridad tiende a convertirse en un vivo reflejo de nuestra autoestima. Quizá varios lectores puedan llegar a identificarse con la historia que traemos a continuación, intitulada originalmente como ‘De carta a testamento’, escrita por Fernando Araujo Vélez y publicada en elespectador.com, uno de los diarios más importantes de Colombia. Lo preocupante es que casos como estos, abundan. Que no te toque esperar, como al protagonista de la historia, muchos años para poder expresar lo que sientes:

“De carta a testamento”

Esta iba a ser una carta de amor, pero me temo que acabará siendo una especie de testamento en el que tú serás la única beneficiaria, y yo, el hombre que jamás se atrevió a decirte lo que sentía y pensaba, el tipo cargado de años que por sus años prefirió callarse todo este tiempo, anhelando un milagro, el silencioso milagro de un beso tuyo, por ejemplo.

Jamás te dije nada y ahora me descubro, sin estar seguro aún de que te enviaré estas letras, y menos, de que las leerás. Me descubro para ver si caigo en el vacío de una buena vez por todas, y en lugar de soñar un imposible, me despierto y empiezo a darles cuerda a mis recuerdos, a mis momentos coleccionados, que son lo único que me queda.

Me descubro, en fin, para que algún día sepas que alguien, yo, sintió un amor absolutamente distinto por ti, un amor lejano de la pasión, el baile, la fiesta y el frenesí, y quizá, por lo mismo, un amor que no buscaba mayor cosa a cambio.

Un amor, así de sencillo y así de complejo. No te digo te quiero aunque quiera tenerte a mi lado todo el tiempo del mundo, pues un te quiero sonaría posesivo. No te digo te amo, porque sé que un te amo te espantaría. Saldrías corriendo, como aquellos potros que quisimos tocar un domingo, cuando empezábamos a conocernos y tú pretendiste ir a buscarlos. A mí no me daba el cuerpo para ir detrás de ti, y cuando vi que te ibas y te alejabas, sentí y pensé que ese amor que empezaba a devorarme sería así: tú corriendo y yo sin fuerzas. Tú, futuro, y yo, sólo pasado. Tú, ansiedad, yo, mesura.

En voz bajé canté una vieja canción, “te convido a creerme cuando digo futuro”, pero yo sabía que era sólo una canción. Tú eras el futuro. Yo no podría convidarte a nada distinto que a la quietud y la serenidad, quizás a algo de sabiduría, algo, y a un poco de sensatez, pero nunca al futuro. Por eso terminé cantando “el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, el amor no lo reflejo, como ayer”.

En mi caso, la vida pasó a contracorriente, pues tú eres la mujer que hubiera querido cuarenta años atrás, una mujer con proyectos, sin dependencias, sin ridículos sueños rosa, sin boda impuesta y de blanco, sin ese agrio peso del sacrificio de siglos. Una mujer del futuro, sí. De escribir y de leer y de buscar y de preguntarse y responder. Una mujer de sentimientos, pulsiones, locura, irreverencia y algo de cordura. A contracorriente te encontré, y así te sigo soñando y así te confieso que me tiemblan tanto las manos que ni siquiera he atinado a romper esta carta testamento.

¿También podrías esperar tanto tiempo para expresar lo que sientes? Para que no te pase, lo mejor es que cultives y uses a diario tu asertividad, la cual no es solo útil para expresar desacuerdos, dar una opinión contraria o para huir a la manipulación emocional; es también una cualidad muy útil para cultivar la seguridad de expresar el sentimiento adecuado en el momento adecuado, nos ayuda a ‘ser nosotros mismos’, a expresar con respeto lo que pensamos sin estar condicionados por las presiones de otros, por el qué dirán, por el temor o por la pena, se trata de tener la capacidad de ser únicos, auténticos y oportunos.

Dentro de un esquema de prevención, la asertividad nos ayuda a experimentar e integrar las emociones a nuestra vida para enfrentar aspectos negativos en el futuro. A estar listos para los imponderables. Cuando expreso lo que pienso y siento, libero la mente y sano mi cuerpo. No almaceno temores, rencores, frustraciones ni resentimientos. Además, me doy la posibilidad de conocerme a mí mismo mejor y más profundamente. Las investigaciones muestran que la expresión asertiva de las emociones, en general, permite prevenir enfermedades y mejorar la calidad de vida. Sin inteligencia emocional y sin asertividad no podemos disfrutar la vida, ni comprenderla.


Esto podrás aprenderlo mediante la lectura de la ‘Guia práctica para no dejarse manipular y ser asertivo’, escrita por Walter Riso. Es concluyente, La asertividad fortalece el amor propio y la dignidad, permite una mejor defensa psicológica y nos  hace más seguros, facilita la  libertad emocional y el autoconocimiento, ayuda a resolver problemas y a mejorar la comunicación.