Un momento, mi tolerancia tiene límites

De la tolerancia al amor hay mucho trecho

Redacción Editorial Phrònesis

¿Hay que tolerarlo todo? Obviamente no. Al igual que cualquier principio de vida, la tolerancia tiene sus límites. ¿Habría que tolerar la violación o los asesinatos? ¿Qué haríamos si viéramos a un hombre golpeando a su pequeño hijo? ¿Debemos tolerar el abandono infantil, los genocidios, las estafas o el maltrato?  Hay amores intolerables y relaciones insoportables, que a nadie le quepa duda. La tolerancia, en sus límites adecuados, se constituye en herramienta vital para darle rumbo correcto a una relación, por lo cual se va a compartir un fragmento breve de lo que, al respecto, se ha incluido en la ‘Guía práctica para no sufrir de amor’.

Una persona tolerante es permisiva, paciente y no impositiva. Sin embargo, estas virtudes llevadas al extremo pueden resultar peligrosas si no están acompañadas de amor propio y algo de sabiduría. Si alguien dijera: “Yo tolero a mi pareja”, en vez de decir: “Yo amo a mi pareja”, no daríamos un peso por esa relación. “Tolerar”, de acuerdo con un reconocido diccionario de sinónimos, también quiere decir: soportar, aguantar, sufrir, resistir, sobrellevar, cargar con, transigir, ceder, condescender, compadecerse, conformarse, permitir, tragar saliva, sacrificarse. Un vínculo afectivo que se ubicara en este contexto semántico, parecería más una reunión de masoquistas anónimos que una relación amorosa. Soportar con indulgencia las agresiones no es sinónimo de amor.

Pero la palabra tolerancia también posee una acepción más positiva y no tan referida al sacrificio, como es: “Disposición a admitir en los demás una manera de ser, de obrar o de pensar distinta a la propia”. Es decir, la tolerancia como un valor que promulga el pluralismo entre las personas, en tanto acepta que estas tienen derecho a expresarse con libertad de culto y opiniones ¿Tu relación de pareja se rige por el pluralismo? Ten esto presente: si la persona que amas es peligrosa para tu integridad física o psicológica, la tolerancia está contraindicada.

No quiero tolerarte (¡Dios me libre!), lo que  quiero es amarte en la convivencia, en los acuerdos y en los desacuerdos. No quiero tolerarte, sino amarte y respetar tu esencia.

Si suponemos que la vida es más llevadera entre dos, el otro no puede ser una carga intolerable. El amor de pareja saludable es liviano, no hay que arrastrarlo, no es una cruz, ni una tortura socialmente aceptada; el buen matrimonio no está hecho a base de sangre, sudor y lágrimas, como todavía piensan ciertas personas. En una relación sufriente y agotadora, sin perspectivas de mejoría, “adaptarse” es peligroso, además de irracional. No hay que padecer a la persona amada, sino disfrutarla.
 

Algunas personas, al implementar niveles adecuados de tolerancia, pueden adquirir también esto que he llamado como “la sabiduría del no”: es posible que no posean una absoluta claridad sobre lo que esperan y quieren del amor, pero sí sobre lo que no quieren y no estarían dispuestos a tolerar por segunda vez. Después de un tiempo, cuando la vivencia del “no más” se instala y  se hace consciente, funciona como un antivirus.

Esto permite identificar qué situaciones no quisieras repetir en tu actual o en una próxima relación, por ejemplo: no quiero vivir en abstinencia sexual, no quiero una persona extremadamente ahorrativa, no quiero una pareja celosa que me quite libertad; no quiero que me irrespeten; no quiero alguien poco cariñoso; no quiero que se olviden de mi cumpleaños; no quiero que mi pareja sea aburrida; no quiero que me sea infiel, en fin: tus “no quiero”, ordenados y sistematizados de mayor a menor, lo que no sería negociable, lo que no estarías en capacidad soportar nuevamente.

Esto es un buen comienzo para enderezar el camino de ciertas relaciones. Un mal matrimonio o una mala relación sacan a flote nuestras sensibilidades más profundas que, probablemente, antes de sufrirlas no sabíamos que existían; identificarlas, darles un límite de tolerancia y afrontarlas en forma conjunta, ayuda a recuperar el rumbo de la relación. Los que se equivocan por segunda o tercera vez lo hacen porque no han decantado ni incorporado los “no quiero” correspondientes de los primeros intentos.


Recuerda, en la lectura de la ‘Guía práctica para no sufrir de amor’. Esta tiene por objetivo crear un espacio de reflexión para desarrollar estrategias y esquemas afectivos y cognitivos resistentes al “mal de amor”. Nos han vendido la idea de que amar es sufrir, que ambas emociones son inseparables y que, como un castigo del destino, no podemos escapar a ello. Nada más falso y contradictorio.