Tómate un momento para darte un abrazo

Redacción Editorial Phrònesis

Todos tenemos profundas conversaciones privadas con nosotros mismos, pero a veces no nos damos cuenta de la importancia que tienen sobre lo que sentimos y hacemos.

Nuestra mente está en constante discernimiento sobre esto o aquello de manera consciente o inconsciente, es inevitable. Estas conversaciones que el “yo” sostiene consigo mismo comienzan a muy temprana edad y van conformando con los años un “lenguaje interno”, el cual puede ser beneficioso o dañino para nuestra vida, dependiendo de su contenido. Es imposible mantenernos en un silencio interior prolongado a no ser que seamos meditadores avanzados y de alta escuela. Siempre tendrás algo que decirte, bueno o malo, constructivo o destructivo, enriquecedor o depresivo. 

Entonces, una palabra se vuelve relevante para nosotros: autoelogio, la manera positiva y/o constructiva de hablarnos a nosotros mismos y felicitarnos cuando creemos haber hecho bien las cosas: “¡Qué bien lo hice!”, ¡Estuve genial!”, “¡Me gusta mi manera de ser!”, suelen ser tan o más importantes para nuestra autoestima como los refuerzos externos.

Pero la cuestión no es tan fácil como poner un recordatorio y simplemente adularnos, hay ciertos enemigos que impiden la buena práctica de autoelogiarnos. Aprende a identificarlos y elimínalos cuanto antes:

La humildad mal utilizada

Las típicas respuestas de las personas que ven en la modestia, así sea falsa, y en la subestimación de los logros personales, un acto de virtuosismo: “No soy merecedor” “No fue gran cosa”.

En realidad, es un acto de hipocresía en la mayoría de los casos porque cuando actuamos correctamente sabemos que lo hicimos bien, sabemos que fue el resultado de un esfuerzo, una habilidad o una competencia. Si eres bueno en alguna cosa, pues qué le vas a hacer: ¡acéptalo y acéptate! Si la comunidad te hace un reconocimiento o una felicitación honesta y franca, no los desprecies ni les des a entender que se equivocaron.

No digas que no la mereces ¡di gracias y cállate!

La obligación absoluta

“Era mi deber” “Era mi obligación”. Esta actitud no le sirve a tu autoestima. ¿Llevaste a cabo bien tu deber? ¡Alégrate! ¡Regálate un “muy bien”! Tu primer deber es para contigo mismo. ¡Date un abrazo! Hasta en el más vertical y autoritario de los sistemas se premia y se elogia. Si tu diálogo interno es el de la obligación absoluta, no te sentirás con el derecho de elogiarte. Lo vivirás como un acto de cobardía y dejarás de lado el placer de colocarte alguna que otra medalla simbólica.

“Autoelogiarse es de mal gusto”

Hacerlo en el fuero interno, simplemente nadie se dará cuenta. Autoelogiarse es una necesidad que va de la mano de la autoconservación: nuestra mente se hace más segura y poderosa cuando la mimamos. Cultivar el amor propio sanamente (autocuidado) nunca es de mal gusto. El castigo, por el contrario, sí lo es porque atenta contra la dignidad humana y el autorrespeto ¿Alimentar el ego? Eso depende de cómo lo hagas.

Por ejemplo, puedes hacer ejercicio físico para “mejorar tu salud” o para entrar al club de los “buenos cuerpos”. Puedes estudiar mucho para saber o para ganarle a tus compañeros de clase. Puedes autoelogiarte para cuidar tu mente y fortalecer tu “yo” o para cultivar tu narcisismo. Tú eliges.