Si lo piensas, no significa que debas decirlo

Redacción Editorial Phrònesis

No hay espacio mejor adaptado para la privacidad como nuestra mente. Nuestros pensamientos guardan secretos únicos y exclusivos, algunos se mantienen en el archivero durante toda la vida, otros salen de vez en cuando para hacernos sonreír, sentir nostalgia o, simplemente, revivir un momento especial de nuestras vidas. Cuando comenzamos una relación amorosa con alguien, es común desbordarse en temas de conversación que evocan muchos de nuestros recuerdos más trascendentales, el “bicho” de la curiosidad pica tan fuerte, que nos volcamos intempestivamente a preguntar y preguntar, luego a contar y a contar, es una especie de cotorreo eufórico muy entretenido. Sin embargo, como todos los excesos, encuentra un punto de descontrol muy poco beneficioso.

La verborragia amorosa genera confusión, porque de tanto hablar, en algún momento diremos algo que no debemos y que se hace incomprensible para el otro. La comunicación compulsiva no es una virtud. Una paciente, en un ataque de sinceridad desproporcionada, le confesó a su esposo que sentía cierta atracción por el esposo de su hermana, pero que solo era atracción y nada más. Eso fue como clavarse un cuchillo.

Convirtió un pecado venial (imaginativo, juguetón, inofensivo), en uno mortal, ya que a partir de ese momento el marido cortó relaciones de por vida con su concuñado, al considerarlo altamente amenazante para la estabilidad familiar. ¿Por qué le dijo? Unos días antes había estado en una conferencia donde un psicólogo afirmó que una buena vida de pareja no admitía secretos y ella lo asumió al pie de la letra. Pues, realmente, sí los hay y muchos. En una relación afectiva inteligente ambos saben que hay ciertos “archivos sumariales”, pequeños o grandes, que no deben abrirse sin la autorización del sindicado. 

Cuando se trata de información individualizada, es mejor manejar cierto recato y no soltarle al otro todo lo que pensamos y sentimos a quemarropa. No se trata de infidelidad ni de traición, sino de opiniones, gustos o pequeñas fantasías que no son para compartir, que son propias e intransferibles.

Amar no requiere dejar al descubierto cada elemento de tu personalidad, ni que tu mente funcione en conexión directa con la de tu pareja. Recuerda: hay cosas que son únicamente tuyas, que te pertenecen por derecho propio y forman parte de tu ser, como tus huesos y tu piel. No te sientas culpable de no contarlo todo, eso mantiene viva tu identidad, tus creencias, tus sueños, tus metas y tus dudas. Anota esta premisa y tenla a mano, te mantendrá alerta: Ser uno con la persona que amas es dejar de ser tú.

¿Eres de quienes cuenta todo con “pelos y señales”? O por el contrario, sacarte una palabra es misión imposible. No se trata de entregar toda tu esencia a tu pareja, ni de encerrarte en ti mismo hasta la muerte. Debes aprender a encontrar el punto medio donde puedas disfrutar del amor con tu pareja sin olvidarte de amarte a ti. Encuentra esta y otras interesantes reflexiones en la “Guía práctica para no sufrir de amor” de Walter Riso, a través de sus páginas encontrarás diferentes herramientas y valiosas técnicas para vivir el amor a plenitud y saludablemente.