Rompe las cadenas que te atan al pasado: ¡Libérate!

Redacción Editorial Phrònesis

Desde la perspectiva del aprendizaje social, la culpa cumple una función de autocontrol. La sensación de sentirse malo es tan fuerte e insoportable que hacemos cualquier cosa para evitarla, incluido “portarnos bien”. Muchas personas son honestas por convicción, pero otras muchas por miedo a la culpa. 

Desde esta óptica, la culpa anticipada puede ser vista como un método para hacer que la gente no se deje llevar por impulsos indeseables y antisociales, so pena de ser sometida a escarnio interior. No obstante su eficiencia relativa, son preferibles aquellos procedimientos pedagógicos más benignos y con menos contraindicaciones, como por ejemplo la enseñanza programada y racional de los valores. Recordemos que la culpa, en tanto proceso autodestructivo, es la antesala de la depresión.

El sentimiento de culpa nos ata al pasado y suele obrar como una forma de autocastigo que apunta directo al corazón, una especie de harakiri psicológico, donde se ataca a la persona y no la conducta específica: “Soy malo”, “Soy un asco” o “Soy dañino”; en vez de decir: “He cometido una torpeza”, “Me he comportado egoístamente”, “He sido inadecuado”.

Para ilustrar este punto, Walter Riso nos comparte esta experiencia extraída de su nueva “Guía práctica para descubrir el poder sanador de las emociones”: 

“Una paciente que había enviudado hacía dos meses, mostraba ciertas fluctuaciones en su estado de ánimo muy atípicas. Sin que ningún elemento de su personalidad lo justificara, pasaba de la alegría a la tristeza de una manera milimétrica. Un día mal, un día bien, luego volvía a sentirse mal, y así. Al cabo de varias semanas de registro descubrí la causa.

Ella confesó muy apenada que había días en que se sentía demasiado contenta de estar viuda, ya que su marido la maltrataba física y psicológicamente. Como consideraba que eso implicaba un irrespeto a la memoria del difunto, por las noches la embargaba una enorme tristeza y una profunda culpa: ‘¿Cómo me voy a sentir bien, si él está muerto?’. Al otro día, reparaba el ‘desliz’ castigándose de todas las maneras posibles, especialmente utilizando autoverbalizaciones destructivas frente a sí misma. Así limpiaba la supuesta falla, pero al mismo tiempo permanecía atrapada en un duelo de nunca acabar. Después de muchas citas, entendió que su sentimiento de alivio era totalmente comprensible y tan humano como el pesar que aún sentía por el alma del fallecido. La culpa nos ata fuertemente al pasado y nos imposibilita vivir el aquí y el ahora con tranquilidad. Es un lastre que hace más aburrido y agotador el viaje”.

Si reemplazas la culpa por responsabilidad y compasión, asumirás el deber de la reparación, sin aniquilar tu yo. Después de todo, y aunque tu ego se resista, no eres perfecto. Bota la culpa y reemplázala por algo más constructivo y formativo que te haga crecer como persona. No te ataques a ti mismo: respétate.

Complementa estas palabras, leyendo una de las más recientes colecciones del psicólogo y escritor Walter Riso titulada: “Aprende a perdonar y a liberarte de ataduras, rencores y resentimientos”. Gracias a su lectura, te darás cuenta que no necesitas castigar tu ser para salir bien librado de las diversas situaciones a las que te enfrentas en la vida.