¿Qué pasaría si no sintiéramos dolor?

Redacción Editorial Phrònesis

Aunque no es para nada agradable (a menos que seas un masoquista consumado) el dolor nos mantiene con vida, nos permite identificar cuando algo no anda bien, ya sea a nivel físico o emocional. Por esta razón, el dolor duele y mucho. 

No podemos ignorar las enormes implicaciones que tiene para la vida humana. Además, su advertencia no se preocupa por ser recatada, si fuera suave y amable, ignoraríamos la información y la enfermedad o la dolencia seguirían avanzando. El dolor nos da conocimiento de causa para intentar solucionar el problema físico.

El dolor cumple una de la funciones adaptativas más importantes para la supervivencia del hombre: avisar que un órgano físico está funcionando mal o está siendo agredido, para que sea reparado o defendido. Una vez activada la señal de alarma, su impacto es de tal magnitud que no puede pasar desapercibido. Pese a lo primitivo y tormentoso del método, no deja de ser ventajoso poder contar con un guardián tan eficiente que nos indique cuando algo anda mal. Sin embargo, no se debe desconocer que el dolor a veces se ceba en su función y se vuelve demasiado insistente.

El cerebro humano no posee un sistema de retroalimentación para contestar al aviso doloroso: “Ya entendí. Sé que mi muela tiene caries. Ya recibí el recado, iré al dentista mañana a primera hora, pero no seas tan obsesivo y deja de machacar”.

Afortunadamente el dolor no entiende este lenguaje; si no, más de uno se hubiera muerto en la sala de espera. Si se obtiene la cura o se restablece la normalidad del órgano, él se calma. Si no es así, persiste incisiva y categóricamente hasta que llegue la sanación.