¡Qué fácil confundimos el amor con el sexo!

Redacción Editorial Phrònesis

El apego sexual, cuando es lo único que existe, genera una forma de atracción/repulsión. Su funcionamiento es más o menos así: “Cuando no estás conmigo, el deseo me impulsa a buscarte a cualquier costo, pero luego, una vez me sacio, quiero escapar de tu lado porque tu sola presencia me genera fastidio”. 

Es fácil confundirse entre el apego sexual y el amor. Además de que el orgasmo parece tener cualidades místicas, una de las principales razones de la confusión es que el deseo sexual une fuertemente a las personas. Todo enamorado desea “devorar” al ser amado. Walter Riso recuerda una ocasión en la que un hombre le dijo: “¿Por qué quiero casarme? ¡La amo! ¡La necesito! ¡La deseo!”.

El apego sexual a una persona es similar a cualquier adicción en cuanto a sus consecuencias y características. No se trata de la dependencia “del sexo por el sexo”, sino de la dependencia sexual a alguien, a un cuerpo, a una anatomía específica, a una aproximación que encaja a las mil maravillas con uno y se hace extremadamente placentera.

Presta atención a esta anécdota de Walter Riso en consulta y analiza:

“En cierta ocasión le pregunté a una mujer qué era lo que más le atraía de su amante. La respuesta duró varios minutos: ‘Su olor… ¡Dios mío, su olor! Huele a almendras tostadas… Y los brazos, la forma del bíceps… tiene una curva… Las venas de la frente, los hombros en el momento de la eyaculación se inclinan para atrás y lo veo como un egipcio, como un Faraón. 

Siento como si su pene me perteneciera y me completara en cada orgasmo… Puedo tener infinidad de ellos y cuántos más tenga, más sigo teniendo. Y otra cosa, el calor de su cuerpo nunca cambia, siempre es tibio. Antes nunca había reparado en las nalgas de un hombre (mi marido no tiene casi) pero las de él, tan paradas y tan redondas, ¡me excitan y quiero mordérselas! ¡Es demasiado amor!’”.

El concepto de amor acá es bastante dudoso, más bien, es una descripción de una mujer apasionada y aficionada al placer que le proporcionaba un cuerpo; dependencia sexual en su máxima expresión.

¿Qué extrañaba de él cuando no lo tenía su lado? Lo fisiológico, los recovecos de las formas, la piel, la temperatura corporal, las venas, los músculos, en fin, la apetencia de la cual no era capaz de prescindir. ¿Qué habría hecho esta mujer si su amante hubiera tenido un accidente que lo invalidara? ¿O hubiese amado (en sus términos) igual a ese hombre con unos diez kilos de más y un abultado abdomen?

Lo que esta mujer le dice al Dr. Riso aclara cualquier duda:

“Después de escuchar su descripción “sensorial” le pregunté qué otro atributo admiraba de su amante y señaló dos cualidades, para ella determinantes: ‘Va al gimnasio y levanta  pesas’”.

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