Para intentar ser feliz hay que ser realista

Redacción Editorial Phrònesis

En el año 2012, la ONU proclamó el 20 de marzo “Día Internacional de la felicidad”, como una manera de fomentar el desarrollo del bienestar personal. Está bien este propósito de fomentar políticas públicas encaminadas al bienestar personal, sin embargo, la felicidad es un término que ha de ser analizado cuidadosamente. Vale la pena anotar que, a propósito, hay un cambio en la ciencia de psicología: ya no se habla de ‘felicidad’ en términos de ‘estar bien todo el tiempo’ porque eso es imposible, sino de que haya más eventos gratificantes que negativos. La felicidad absoluta es un mito.

No existe la felicidad permanente, solo hay momentos alegres

Algunos quieren retener esos instantes de alegría, hacerlos eternos, y es allí cuando inventamos la utopía de la felicidad permanente. La exigencia de la felicidad es una adicción a sentirse bien, es pretender que las alegrías pasajeras se queden con uno por toda la eternidad sin ver que la verdadera belleza de sentirse bien es saber que pasará y llegarán otras. El asombro. La felicidad permanente es, justamente, un invento de los infelices, es la alegría sencilla y elemental proyectada en el tiempo.


Los que buscan ser felices a todo costa, terminan haciendo a un lado la sal de la vida: el ahora. Esperando lo extraordinario, se olvidan de lo mundano. Alegría disponible; ¿qué más puedo pedir? Como cuando tus ojos me sonríen: es fugaz, se escapa, pero la sensación queda rondando mi mente y mi corazón por semanas, y después se lo lleva el tiempo, el gran amigo.

Para intentar ser feliz hay que ser realista

Kant afirmaba que la felicidad es la satisfacción de todas nuestras necesidades, es decir, una felicidad tan inalcanzable como angustiante porque viviríamos en un estado de constante frustración. Esta dicha idealizada, paradójicamente, se convierte en un aversivo, ya que la calma se pierde ante una exigencia conceptual desproporcionada y especialmente rígida. “Todas las necesidades” es mucho pedir para seres tan imperfectos como nosotros La certeza solo existe fuera de este mundo y, a no ser que sigamos a Pascal, la mayoría espera sentirse bien aquí en la tierra: si para ser feliz debo esperar otra vida, pues no tiene sentido plantearme cómo quiero pasarla bien en ésta.


La búsqueda de la felicidad es una aspiración que acompaña al ser humano desde sus orígenes, así le hayamos puesto distintos calificativos a lo largo de la historia. El hombre, de manera consciente o inconsciente, se siente impulsado, tanto hacia el placer voluptuoso como hacia la tranquilidad del alma, el regocijo sereno y un bienestar que vaya más allá de la turbulencia inmediata de las sensaciones. Los griegos la llamaban: eudaimonismo.


Habría que preguntarse si cuando hablamos de felicidad estamos hablando de un estado, un lugar al cual hay que llegar, un Nirvana, o si más bien nos referimos a un proceso y un camino por dónde transitar, obviamente con sus altibajos inevitables. Una actitud más realista sobre la felicidad implicaría asumir dos premisas:

  1. La felicidad no se encuentra en las metas sino en la forma de alcanzarlas.
  2. La felicidad no responde al principio del todo o nada (puedes ser más feliz o menos feliz).


Una pregunta que aún no ha sido resuelta adecuadamente se refiere a si la felicidad se genera más ante la recepción de estímulos positivos o a ante la eliminación de los estímulos negativos. Según expertos en el tema, cuando en las encuestas los individuos responden que sí son felices, esto no significa que ellos estén constantemente alegres y plenos, sino que no son desdichados. Si alguien ha pasado por momentos adversos y difíciles y en consecuencia se ha sentido profundamente abatido y deprimido, valorará a no sentirse así en el futuro. Dicho de otro modo, afirman que, en realidad, con que seamos un poco menos infelices y menos necios deberíamos ‘conformarnos’, ya que, en concordancia, la felicidad absoluta es un mito. Quienes  «buscan la felicidad desesperadamente», terminan siendo infelices, ya que perseguirla como una cuestión de vida o muerte genera frustración y ansiedad, porque nunca logramos apropiarnos de ella definitivamente.

Finalmente, un tercer aspecto surge cuando se estudian las relaciones entre deseo y felicidad. Según Hobbes, el ser humano siempre quiere más y no puede vivir sin desear, pero como el deseo es carencia, solo estaremos motivados si nos falta algo. Dicho de otra forma, si la felicidad es la obtención de todos mis deseos, ¿que mantendrá mis ganas de vivir, luego de obtenerlos? ¿Dónde encontraríamos reposo? Porque de ser así, habría que estar siempre con la mirada puesta en el futuro, cuando lo que atestiguan las tradiciones espirituales y filosóficas más serias es que la serenidad que acompaña la felicidad solo se obtiene en el presente. En otras palabras, la estrategia que se recomienda es traer el deseo al aquí y el ahora y quitarle la connotación temporal: desear (disfrutar) lo que se tiene y lo que se esta haciendo.

Dicha realista: establecer una relación inteligente con uno mismo, no andar por la nubes ni sobre exigirse con imperativos irracionales. Puedes empezar por la ausencia del sufrimiento, que ya es mucho, que es una gracia y como toda gracia, un goce. ¿Quieres aprender cómo? Entonces recomendamos  la lectura de las ‘Guías Prácticas’ de Walter Riso, en las cuales aporta toda su experiencia profesional en enseñanzas que permitan responder adecuadamente a diversos hechos que afrontamos a en nuestra vida diaria.