Nuestra amiga la tristeza

«Si el miedo y la ira te aceleran, uno para defenderte y otra para reafirmarte, la tristeza te baja de revoluciones para que recuperes energía. Cuando estás triste, todo tu metabolismo languidece y el organismo comienza a funcionar más despacio y a media máquina. La naturaleza te pone el freno de emergencia de vez en cuando y te obliga a hacer una parada en el camino, ya sea para pensar o descansar. No me estoy refiriendo a la temible depresión, que te acuesta por meses, sino a un leve desconsuelo biológico, a la emoción primaria de estar triste. Al igual que todas las emociones biológicas, la tristeza se agota cuando cumple su misión. Mientras la enfermedad depresiva busca la autodestrucción, la tristeza cumple una función de reintegración y recuperación de los recursos adaptativos. Hay ocasiones en que Dios, el Universo o la Naturaleza, nos golpean amigablemente el hombro para llamarnos la atención y conversar un rato: “¿A dónde vas tan rápido? Desacelérate, dedícate a recuperar energía y a reevaluar qué estás haciendo”».

Fragmento de “Maravillosamente imperfecto, escandalosamente feliz” de Walter Riso

La naturaleza es sabia. A veces, la tristeza llega como un mecanismo de defensa para nuestra supervivencia; lentifica los procesos del cuerpo para que puedas recuperarte física y emocionalmente. Agradécela, por momentos, desacelerar el ritmo es necesario.