No podía vivir sin él, (o eso me hicieron creer)

Descubrí que mi esposo me había sido infiel; fue el golpe más duro de mi vida, él me dejó por su amante. Cuando lo supe, ni siquiera pensé en mis hijos. Sarita tenía en ese entonces 11 años y Pablo, 3. Me ahogué en la desesperación de ser la mujer engañada después de 8 años de “feliz matrimonio”. Entré en una profunda tristeza, sentía su ausencia en mi alma, lloraba a diario sin importar que mis hijos me vieran en esa situación. Los años a su lado me hicieron pensar que no podía vivir sin él, pero esa es la mentira más grande que nos creemos. Luego de casi 2 años de sufrimiento, llegaron a mí unas maravillosas lecturas que me enseñaron que este pensamiento que invadía mi mente a diario es derrotista y refleja una baja autoestima. Pero el valor más importante que me dieron estas lecturas fue a respetarme, no humillarme: ahora soy un ser libre e independiente. Amo a mis hijos y nada disfruto más que su compañía.