“Me cansé de ser menos que tú”

Cuando la infidelidad aparece por venganza
Redacción Editorial Phrònesis.

Cuando la venganza se pone a favor del amor maltrecho, los móviles pueden ser muchos: quedar mano a mano, pagar con la misma moneda, herir como nos han herido, la envidia, querer ejercer el mismo derecho o, simplemente, recuperar el equilibrio del poder: “Me cansé de ser menos que tú”. Un golpe de estado afectivo para nivelar la relación y aplastar a la pareja hasta ponerla por debajo.

Presta atención a este caso, podría ser el tuyo:    

El día que se casó, Gladys nunca pensó que el atractivo físico de su esposo fuera a causarle tantos sinsabores. Se sentía afortunada de haber logrado atrapar al más cotizado de los solteros. Con el transcurrir de los años, a Gladys la invadieron las arrugas, la celulitis, la caída de los senos, la flacidez del abdomen y dos o tres mechones blancos, evidentemente indiscretos.

Para su esposo, el tiempo se había detenido. Era terrible verlo cada día más joven y admirado. Cada cana era un pincelazo sugestivo que aumentaba su encanto, en vez de envejecerlo, y por alguna extraña razón, no sacaba panza y los músculos mantenían su dureza. Tener un marido “inmortal” se había convertido para ella en la peor de las tragedias.

Las reuniones sociales se habían convertido en un problema: las mujeres coqueteaban e intentaban seducir a su marido. Gladys conocía al dedillo las aventuras de su esposo, las pasadas, presentes y algunas futuras. Ninguna era relevante ni ponía en peligro la estabilidad matrimonial, pero ocurrían frecuentemente, todas con sigilo y moderación.

Consecuente con su actitud narcisista, el hombre era un onanista declarado, es decir, solo obtenía satisfacción a través de la masturbación. No era ni un eyaculador precoz ni un impotente, sino algo mucho peor para una mujer enamorada: un eyaculador retardado. Cada vez que el acto quedaba inconcluso, ella confirmaba que no era deseada.

Así había sobrevivido a la sombra de un hombre exitoso, codiciado por las mujeres y envidiado por los varones: cuidándole la espalda, apartando las admiradoras, tratando de mantenerse a su nivel e ignorando sus engaños. Estaba cansada y con la sangre en el ojo.

Un día, en el gimnasio al cual Gladys concurría, entabló una relación amistosa con un señor especial. No tan apuesto como su marido, pero con un atributo inigualable y fascinante: era el dueño de la competencia, el propietario de la única fábrica que le quitaba ventas y literalmente ponía a temblar a su esposo. Lo mejor de todo: ella le gustaba.

 

Esa primera vez no le dijo quién era, no quería inhibir el ímpetu y el entusiasmo que mostraba el pretendiente. Así comenzaron a verse y a conversar. Un día, este hombre la invitó a salir y Gladys aceptó. 

Estando en el lugar se besaron y se invadieron mutuamente hasta que ella no tuvo más remedio que confesarle su procedencia. Contrariamente a lo esperado, el arrebato fue mayor y de ahí salieron directo a un motel.

Fue como echarle gasolina a una hoguera. A partir de ese momento la relación adquirió una doble sincronía: deseo y venganza. Él sentía una complacencia adicional: no era cualquier mujer, sino la de su enemigo comercial. Ella sentía un gusto similar: no era cualquier hombre, sino el principal dolor de cabeza de su esposo. Una mezcla entre mercadeo, sexo, perversidad e indemnizaciones retrospectivas.

Por ahora, el marido de Gladys aún no sabe que tiene cuernos. Mientras tanto, ella disfruta el postre en bandeja de plata: el superhombre, el intocable, está siendo secretamente vulnerado en su amor propio.

¿Qué piensas al respecto? ¿Le serías infiel a tu pareja solo por venganza o tal vez recurrirías a la sensatez de la comunicación en pareja? Échale un vistazo a la siguiente colección de los psicólogos Walter Riso y Alberto Ferrer antes de llegar a cualquier conclusión y responder estas preguntas: ⬇