La montaña rusa del amor

La conocí en una fiesta que organizó un amigo en común. Era la mujer perfecta para mí: tenía 25 años, profesional, inteligente y divertida. Desde el primer mensaje sentí química entre los dos. Hablábamos durante horas a través de mensajes de texto o videollamadas, riéndonos, hablando de cualquier cosa que se nos ocurriera. Estaba feliz porque pensé que por fin había encontrado la chica indicada. Nuestra primera cita fue la cereza del postre, fuimos al cine y luego a cenar. Sentía que el amor empezaba a nacer entre los dos. Al cabo de unos días, ella cambió. Respondía mis mensajes de una forma muy cortante y fría, otras veces no los contestaba y mucho menos mis llamadas. Me atormentaba la cabeza pensando si cometí algún error o si la hice enfadar sin querer. Cuando estaba perdiendo el interés y aterrizando el sentimiento, volvió a buscarme con mensajes llenos de amor y diciéndome arrepentida que me extrañaba. Mi corazón volvió a latir y a creer. Pero eso solo le duró, a lo mucho, una semana. Y así se fue convirtiendo nuestra “relación” en una montaña rusa, días de amor y pasiones, y otros de incertidumbre y duda. Para ella el amor era fuego pero tenía miedo de quemarse y salir lastimada. Así me veían sus ojos, era como ese fuego: le gustaba sentir la calidez de la llama del amor pero no quería quemarse. 

Pasaba los días entre la zozobra de saber cómo sería el siguiente día; ella me dará amor o solamente estará distante, buscando mis mimos y mi aprobación para alimentar su ego. De a pocos fui alimentando mi amor propio y mejorando mi autoestima para no depender de su indecisión y alimentar una ilusión que no iba para ningún lado.