La herramienta que te vuelve inmune a las humillaciones

Redacción Editorial Phrònesis

Cuando una mujer decide hacerle frente a los insultos de su marido, un adolescente expresa su desacuerdo ante un castigo que considera injusto o un hombre exige respeto por la actitud agresiva de su jefe, hay un acto de dignidad personal que engrandece. Cuando cuestionamos la conducta desleal de un amigo o nos resistimos a la manipulación de los oportunistas, no estamos alimentando el ego sino reforzando la condición humana. 

Detrás del ego que acapara, está el yo que vive y ama, pero también está el yo aporreado, el yo que exige respeto, el yo que no quiere doblegarse, el yo humano: el yo digno.

Hay una importante diferencia entre el egoísmo moral, el engreimiento insoportable del que se las sabe todas y la autoafirmación como fortalecimiento de sí mismo. 

Por desgracia no siempre somos capaces de actuar de este modo. En muchas ocasiones decimos “sí”, cuando queremos decir “no”, o nos sometemos a situaciones indecorosas y a personas francamente abusivas, pudiendo evitarlas. ¿Quién no se ha reprochado alguna vez a sí mismo el silencio cómplice, la obediencia indebida o la sonrisa zalamera y apaciguadora? ¿Quién no se ha mirado alguna vez al espejo tratando de perdonarse el servilismo, o el no haber dicho lo que en verdad pensaba? ¿Quién no ha sentido, aunque sea de vez cuando, la lucha interior entre la indignación por el agravio y el miedo a enfrentarlo?

Si revisamos nuestras relaciones interpersonales en detalle, veremos que no somos totalmente inmunes al atropello. Aunque tratemos de minimizar la cuestión, casi todos tenemos uno o dos aprovechados a bordo.  

No se trata de fomentar la susceptibilidad del paranoide y mantenernos a la defensiva las veinticuatro horas del día (la gente no es tan mala como creemos), sino que cualquiera puede ser víctima de la manipulación.

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto ser consecuentes con lo que pensamos y sentimos? ¿Por qué en ocasiones, a sabiendas de que estamos infringiendo nuestros preceptos éticos, nos quedamos quietos y dejamos que se aprovechen de nosotros o nos falten el respeto? Cada vez que agachamos la cabeza, nos sometemos o accedemos a peticiones irracionales, le damos un duro golpe a la autoestima: nos flagelamos. Y aunque salgamos bien librados por el momento, logrando disminuir la adrenalina y la incomodidad que genera la ansiedad, nos queda el sinsabor de la derrota, la vergüenza de haber traspasado la barrera del pundonor, la autoculpa de ser un traidor de las propias causas. 

A lo largo de las páginas de la “Guía práctica para no dejarse manipular y ser asertivo” del psicólogo y escritor Walter Riso,  hay una herramienta psicológica, estudiada y refrendada en innumerables investigaciones, llamada asertividad. Este texto hablará al respecto como la capacidad de ejercer y defender nuestros derechos personales sin violar los ajenos (por ejemplo: decir no, expresar desacuerdos, dar una opinión contraria o no dejarse manipular).

“Las personas que practican la conducta asertiva son más seguras de sí mismas, más tranquilas a la hora de amar y más transparentes y fluidas en la comunicación, además, no necesitan recurrir tanto al perdón porque, al ser honestas y directas, impiden que el resentimiento eche raíces”.

Walter Riso.