La autonomía: requisito ineludible para ser libres

Redacción Editorial Phrònesis

‘Nadie es libre si no es su propio amo.’ Epicteto


La autonomía es esa capacidad  de pensar, actuar y decidir de manera independiente, sin recurrir a la aprobación previa o a las opiniones de terceros y sin experimentar ansiedad o culpa, en resumen, sin depender de nadie. La autonomía es un requisito para llegar a la libertad y su alcance revela altos niveles de autoestima, pues evidencia sin dudas la confianza en sí mismo, la madurez psicológica y, por supuesto, el control de la propia vida…

El principio de autonomía te enseña a ser independiente, a ver por ti mismo sin convertirte en antisocial. Te muestra el camino de la emancipación psicológica y afectiva. Cuando una persona decide tomar las riendas de su vida, los apegos no prosperan tan fácilmente. Se caen, se apagan.

Si ejerces el derecho a ser libre, serás capaz de enfrentar las situaciones difíciles (problemas afectivos incluidos), la soledad será una oportunidad para crecer (no estarás tan pendiente de que te amen), confiarás más en tus capacidades (no esperarás que la pareja te proteja), fortalecerás tu vulnerabilidad al daño y no temerás tanto el abandono. En conclusión, serás más valiente.


‘Si no actúas como piensas, terminarás pensando como actúas.’
Blaise Pascal

Para desarrollar o fortalecer la autonomía, puede resultarte conveniente la implementación de las siguientes sugerencias prácticas:

1.Hazte cargo de tí mismo

Pues esta es la idea fundamental ¿No?. Aunque la comodidad te ofrezca sus ventajas, ya es hora de que dejes la inutilidad a un lado. Hacerte cargo de ti mismo es un placer indescriptible, mucho más que ser cómodo. Cuando seas capaz de resolver las cosas sin ayuda, tendrás la maravillosa sensación de andar por la vida a doscientos kilómetros por hora. 

Desde hoy, no delegues lo que puedas hacer. Los intermediarios nunca hacen bien el mandado. Si tienes la manía de consultarlo todo, date el gusto de equivocarte. Entrégate a la tentación de los yerros. Es el único pecado que Dios patrocina en persona. Si te equivocas, creces; si no te equivocas, te estancas. 

Empieza por hacer una lista de las cosas que tienes por arreglar o solucionar y que has dilatado por no contar con un “experto” disponible. Define tus prioridades, haz un orden del día y de las tareas a cumplir. Eso sí: ¡no postergues más! Simplemente empieza e incomódate hasta los huesos. Aunque llueva y truene, no habrá excusas. Cuando dejes de encomendarte a otros y te hagas responsable de tus actos, descubrirás tu verdadera fortaleza. Si has jugado con tu pareja el papel de ser la inútil o el inútil, cámbialo. Cuestiona ese rol.

2.Disfruta la soledad

Haz las paces con la soledad. Ya no le tengas tanto miedo. Ella no muerde, acaricia. Incluso puede hacerte cosquillas. Es verdad que a veces nos sobresalta, pero siempre nos enseña. Quédate con ella unos días. Pruébala, a ver a qué sabe. Puedes empezar por salir solo, sin compañías de ningún tipo, ni parientes, ni amigos. Ve un día al cine, a la hora pico, cuando todo el mundo va acompañado, y haz la fila con cara de ermitaño despechado. Muéstrate solitario. Deja que algunos te miren con pesar (“Pobre, no tiene con quién venir”). ¡Y qué importa! ¿Acaso necesitas tener un bulto al lado para ver la películas?

Un sábado por la noche, reserva lugar en el restaurante de moda de la ciudad. Ponte tu mejor gala y llega sin compañía. Acércate a la mesa sin más séquito que el camarero y cuando te pregunten si esperas a alguien más, contesta con un lacónico “no” (como diciendo “hoy no necesito a nadie”). Pide un buen vino y degusta la comida como si fuera la mayor exquisitez. Compórtate como un epicúreo. Ignora las miradas. Descubrirás que, afortunadamente, no eres tan importante. A los cinco minutos nadie se fijará en ti. Pasarás totalmente desapercibido hasta para los más chismosos.  Saca a pasear tu soledad con garbo y decoro. Airéala. No la escondas como si fuera un acto de mal gusto. No te avergüences de andar con ella. Muéstrate como un ser independiente.  A la hora de la verdad, no eres más que un ser humano al que a veces le gusta estar a solas.

3.Busca el silencio

Contémplalo. Acércate a él sin mucho ruido. Saboréalo. Cuando llegues a tu casa, no corras a conectarte al televisor, la radio, la computadora o el equipo de música. Primero, relájate. Quédate un rato incomunicado con el mundo. ¿No te has dado cuenta de que tu cerebro está sobreestimulado? Desagótalo. Elimina toda nueva información por un tiempo. No hables con nadie. Enciérrate por dos o tres días. Descuelga el teléfono. Aíslate. Practica la mudez. 

También puedes quedarte unas horas sin estímulos visuales. Tápate los ojos y juega a ser invidente. Desplázate por tu casa y trata de hacer algunas actividades sin mirar. Utiliza los sentidos silenciosos como el tacto, el olor y el movimiento. Busca un lugar apartado, donde la naturaleza esté presente y escápate por unos días. Aléjate del bullicio artificial y busca el sonido natural. Deja que tu atiborrada mente se oiga a sí misma sin tanta interferencia. Medita y mírate por dentro en la calma de una quebrada o en el concierto de los animales nocturnos (no discutas con los grillos). Disfruta del ‘tic tac’ de la lluvia. Reposa bajo un árbol y deja que la brisa se insinúe. Esto no es sensiblería de segunda, sino ganas de vivir intensamente los sonidos del silencio.

4.Permanece sin pareja por algún tiempo

Si eres una persona que no tiene pareja y se siente sola, no te apresures a buscar a alguien con la desesperación del adicto. No te pegues de la primera opción. La experiencia me ha enseñado que cuanto menos se busque el amor, más se encuentra. El deseo descontrolado asusta a los candidatos de cualquier sexo. Si la ansiedad se nota y las ganas te salen por las orejas, espantarás a cuanto ser humano se te acerque.Borra el cartel de tu frente: “Busco pareja”, y cambia su contenido por uno más decente: “Estoy bien así”. Declárate en estado de soledad por un año. Pero no porque eres de malas, sino porque tú lo decidiste: “No voy a tener a nadie durante un tiempo” (claro que si aparece el amor de tu vida, la cosa cambia). Cuando hagas las paces con la soledad, los apegos dejarán de molestar.

5.Ponte a prueba.

Haz exactamente lo que temes. No esperes que la situación llegue, provócala. Llama al miedo; rétalo. A la hora de la verdad, no es más que química corriendo por tus venas. Es incómodo, pero no duele. Trata de estar atento a las oportunidades. Cuando algún evento te produzca temor, míralo como una ocasión para fortalecer tu coraje. Esa es la clave.

La autonomía produce esquemas ‘anti-apego’ y promueve maneras más sanas de relacionarse afectivamente. Quienes construyen y fortalecen su autonomía también mejoran su autoeficacia, puesto que adquieren más confianza en sí mismas y se vuelven más autosuficientes. Se previene o se vence el miedo a no ser capazLa libertad educa y levanta los umbrales al dolor y al sufrimiento. Al tener que vérselas con el mundo y luchar por la propia supervivencia, elimina la mala costumbre de evitar la incomodidad. Se previene y/o se vence el miedo a sufrir. Los sujetos que adoptan la autonomía como una forma de vida adquieren mejores niveles de auto observación y una mayor autoconsciencia. Considerando que la soledad está en la base de todo apego, se previene y/o se vence el miedo a la soledad.

En la ‘Guia práctica para vencer la dependencia emocional’ hay muchas más reflexiones y sugerencias prácticas como esta. Se recomienda su lectura completa, pues el contenido te permiten desarrollar destrezas y habilidades para hacer frente a posibles causas que pueden desembocar en dependencia (tal como la falta de autonomía), permite prevenir si se hace evidente alguna vulnerabilidad que predisponga a ella, para crear un estilo de vida orientado a la independencia emocional.