El mito más grande de la historia

Redacción Editorial Phrònesis

En el mundo de las emociones y las relaciones afectivas, hay que saber que no todo desamor es malo y no todo amor es sostenible.

¿Quién iba creerlo?: hay veces en que el desamor del otro nos quita el peso de la incertidumbre: ¡ya no tendrás que deshojar margaritas! ¡Se acabaron las indagatorias y las pesquisas existenciales! Hay dudas dolorosas que la certeza calma. 

Una paciente le comentaba a Walter Riso en consulta: “Ya no estaba segura de si él me quería y durante meses traté de descifrar sus sentimientos… ¡Cuánto sufrí! Pasaba de la ilusión a la desilusión en un instante… Y es curioso, cuando me dijo que quería separarse, sentí alivio”. ¿Cómo no sentirlo? ¿Cómo no reconocer que el sufrimiento de ver las cosas como son, crudamente, conlleva algo de bienestar?: “¡Ya sé a qué atenerme!”.

En otro caso de consulta, una paciente, amante de un mafioso, a quien el hombre utilizaba como si fuera una esclava sexual. Tenía que estar disponible veinticuatro horas y vivía amenazada de muerte si miraba a otro hombre. Resulta que el truhán se enganchó con una jovencita de dieciocho años de edad y, automáticamente, esta paciente pasó a ser una bruja fea y vieja. Cuando ella le preguntó a Walter Riso qué podía hacer al respecto, él le recomendó que se afeara lo más posible porque había que ayudarle al destino.  Al poco tiempo, la echó a la calle sin miramientos de ningún tipo. En realidad le abrió la jaula y la puso a volar. 

En estos dos ejemplos, el mito del sufrimiento por ausencia de amor pierde toda credibilidad. ¡Bendito sea el desamor que le llega a los mal casados, a los mal emparejados, a los que se hacen daño en nombre del amor!

Por supuesto, hay muchas más maneras de ilustrar la falsedad de este mito. Si quieres conocerlas y encontrar recomendaciones, consejos, herramientas y técnicas útiles para enfrentar el desamor con asertividad, debes leer la ‘Guía práctica para no sufrir de amor’. Esta guía tiene por objetivo crear un espacio de reflexión para desarrollar estrategias y esquemas afectivos y cognitivos resistentes al “mal de amor”. Nos han vendido la idea de que amar es sufrir, que ambas emociones son inseparables y que, como un castigo del destino, no podemos escapar a ello. ¡Nada más falso!