¿Cuándo fue la última vez que te premiaste a ti mismo?

Redacción Editorial Phrònesis

Todos disfrutamos de la sensación de sentirnos importantes para alguien, pero hay un tipo de satisfacción que va más allá: aquella producida por las expresiones de afecto hacia uno mismo. Esas recompensas auto-entregadas representan un incentivo saludable para la autoestima y, lo mejor de todo, no se trata de cuánto dinero tengamos disponible para eso, sino de la intención natural de crear estos estímulos.

Muchos pensarán que demostrarse amor a sí mismos es apenas lógico, sin embargo, hay quienes no entienden muy bien cómo auto-premiarse y transforman un concepto sencillo en una gran maraña de ideas confusas.

Walter Riso, nos cuenta una historia en su “Guía práctica para mejorar la autoestima”, que ilustra muy bien cómo funciona este concepto en algunas personas. Reflexiona al respecto y saca tus propias conclusiones:

Guía práctica para mejorar la autoestima – Walter Riso

Paso 17: Date gusto y prémiate 

Uno de mis pacientes, un señor de edad avanzada que sufría de una depresión moderada, odiaba  estar en su casa y no sabía por qué. Su queja era reiterada: “¡Entro a mi casa y me deprimo, me irrito, me da mal humor!”. Finalmente decidí ir personalmente y conocer dónde habitaba el hombre, con el fin de hallar alguna causa que explicara su malestar. Mi exploración del lugar me llevó a descubrir varias razones, algunas en apariencia sin importancia, pero que realmente no favorecían el buen estar del anciano.

Muchas de ellas, inexplicablemente, llevaban años estando en su ambiente y convivían con él como si fueran designios negativos inexorables, imposibles de eliminar. Por ejemplo: en el comedor, junto a la mesa, colgaba de la pared principal un enorme cuadro cuyo motivo eran cuatro caballos aterrados y desbocados ante una gran tormenta que recordaba al Apocalipsis. El cajón de la mesa de noche (donde guardaba sus gafas, remedios, etc.) estaba mal ajustado y cuando lo quería abrir, casi siempre terminaba en el suelo. El color de las paredes del dormitorio era de una mostaza penetrante (color que él decía no soportar). 

La mayoría de las toallas que utilizaban en la casa eran apelmazadas y almidonadas (“Debo comprar toallas”, se prometía una y otra vez);las cobijas eran cortas y se le enfriaban los pies por la noche; le fastidiaba la nata en la leche, pero los coladores la dejaban filtrar; la cortina de la biblioteca no transparentaba la suficiente luz y se le dificultaba leer; un pequeño radio, que lo conectaba con el mundo, tenía problemas de sonido. Y la lista continuaba. Lo que sorprendía es que el hombre contaba con el dinero y el modo para cambiar estas cosas, pero no lo hacía. Se había acostumbrado a padecer las pequeñas e insufribles incomodidades de su entorno, o dicho de otra forma: había perdido la capacidad de autorrefuerzo.

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¿Te parece familiar este modo de actuar? Pues no es para menos, cada ser humano tiene un poco de este anciano paciente y, a veces, por estar en constante contacto con el sufrimiento, cae en el error de considerarlo como un estado natural. No se trata de sentir dolores intensos e insoportables, la cuestión está en aprender a identificar esas sencillas cosas que a diario se pueden cambiar para generar enormes satisfacciones.