Cómo lograr el equilibrio en tu vida

Redacción Editorial Phrònesis

Muchas personas se exceden de revoluciones y caen en la agresividad intentando ser asertivas. El mecanismo sumisión/agresión va acomodándose hasta encontrar un equilibrio funcional y saludable en la asertividad. Mientras ello ocurre, hay que estar atento para no herir a nadie.

Analiza el siguiente caso del que nos habla Walter Riso en su “Guía práctica para no dejarse manipular y ser asertivo” y llega a tus conclusiones:

Guía práctica para no dejarse manipular y ser asertivo- Walter Riso

Sofía estaba casada con un hombre que la maltrataba psicológicamente. Su motivo de consulta era claro y específico: “Quiero hacerme respetar… Me siento muy mal conmigo misma…Cuando él me insulta o me hace a un lado, me quedo callada como si yo mereciera el castigo… No sé defenderme y además creo que le tengo miedo… Me cansé de agachar la cabeza… Quiero hacer algo al respecto…”. Sofía había dado el primer paso. Cuando le expliqué los principios de la asertividad y lo que perseguía el tratamiento, los ojos le brillaron: “¡Eso es lo que necesito!”. Le di a leer un folleto y le dije que tendríamos unas citas previas de evaluación para profundizar sobre otros aspectos de su vida. 

A la semana siguiente regresó con una gran novedad: “Doctor, esta técnica es maravillosa. El sábado por la noche llegamos de una fiesta y él empezó a agredirme verbalmente como hace siempre. Yo, de inmediato, me acordé de lo que usted me había dicho sobre la defensa de mis derechos. Entonces tomé un portarretratos y se lo tiré directo a la cabeza. Él se asustó tanto que no hizo nada. Le corté un poco la frente, pero se lo merecía… ¡Y todo gracias a usted doctor!”. Me sentí como un soldado boina verde asesorando a un futuro mercenario. Ella estaba eufórica y no hacía más que disfrutar de su “gran momento de asertividad”.

Después de una larga sesión pedagógica, le expliqué lo siguiente: “Usted no fue asertiva, fue agresiva. El objetivo de la asertividad no es lastimar a otro sino defenderse y autoafirmarse, sentar precedentes de inconformidad e intentar modificar un comportamiento que viola nuestro territorio. 

Pero a veces, por más asertividad que usemos, es imposible producir un cambio significativo en la otra persona. En estos casos es mejor recurrir a otras alternativas. Por ejemplo, si alguien pretende abusar sexualmente de usted, la asertividad no le serviría de nada. No está diseñada para la violencia física, aunque puede ayudar. Frente al supuesto violador, el karate o la defensa personal, sería sin duda una mejor opción que la expresión honesta de sentimientos. Pero usted agredió físicamente a una persona que sólo la agredía verbalmente, eso hizo que su posición perdiera fuerza y autoridad moral”.

Su réplica no tardó en llegar: “¿Acaso no debería haber hecho nada?”. Le respondí que, evidentemente, no: “De ninguna manera. Usted puede ser enfática, expresar su ira de una forma adecuada y decir que no está dispuesta a seguir soportando ese trato. Independientemente de la respuesta de su marido, usted habrá expresado y dicho lo que sentía con pundonor. Hay veces en que la vida nos coloca entre la espada y la pared, y nos obliga a tomar una decisión crucial. Usted está en ese punto de la encrucijada.

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La asertividad le permite abrir la válvula de presión para que ejerza el derecho a la oposición, pero si su marido continúa con su conducta y se niega a respetarla, puede hacer uso del derecho a irse, que es mucho más concluyente que el derecho a la réplica. La asertividad le permite agotar posibilidades, a la vez que la convierte en participante activa y no pasiva de la situación. Puede partirle un palo en la cabeza o encerrarlo en un armario, pero su liberación debe comenzar por lo psicológico. Usted no debe destruir a su marido, sino al miedo que le impide actuar”. Finalmente, Sofía se separó. La asertividad le ayudó a tomar la decisión.