Cómo dejar de postergar para sentirse libre

Una lección que no puedes dejar para mañana

Redacción Editorial Phrònesis

“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, les aconsejaba Mafalda a sus amiguitos. 

Miguelito, luego de pensar un rato, exclamó: “Lo entendí. Tenés toda la razón… ¡Mañana empiezo!”.

Mantener una mente saludable depende en gran parte de “limpiar” la mayor cantidad de información incompleta o en desuso. Postergar regularmente las decisiones importantes por miedo o inseguridad en nosotros mismos, solo estamos alargando los asuntos inevitables. Generamos una lista interna de “problemas por resolver” y la archivamos en un lugar de acceso tan complicado que al pensar en acceder a ella las excusas superan por mucho a la disposición de enfrentar las soluciones.

El material reprimido se mantiene indefinidamente en un circuito cerrado, hasta que se solucione o pierda importancia. La historia de las personas inseguras podría resumirse como una cadena interminable de postergaciones que jamás se cumplieron y que finalmente empezaron a molestar. Préstale atención a este fragmento de la màs reciente obra de Water Riso  y analiza:

Guía práctica para descubrir el poder sanador de las emociones | Walter Riso

A.F. era una joven de veinticinco años, casada, con un hijo y esperando otro, que venía dilatando hacía años un encuentro de sinceridad con su madre, una mujer de armas tomar, dura, fuerte, caprichosa y agresiva. A lo largo de las citas, el problema con su mamá fue haciéndose cada vez más evidente, hasta adquirir una clara relación con la depresión que la afectaba hacía tiempo.

Las maldades de la señora eran tema serio. Había organizado un crucero exactamente para el día en que el nieto iba a nacer por cesárea, no invitaba a A.F. al cumpleaños del papá inventando mentiras, confesaba en público que hubiera preferido un hijo hombre, le hablaba duro, la regañaba, se burlaba y la subestimaba. En fin, la señora no era precisamente la típica “mamá amorosa”, ni su hija la más valiente para ponerla en su sitio.

Cuando induje a mi paciente a precipitar el enfrentamiento, comenzó con las viejas estrategias de aplazamiento. Entonces decidí confrontarla:

 -“¿Te has puesto a pensar que eres en gran parte responsable de lo que ocurre con tu madre? Yo te comprendo y pienso que en gran parte tienes razón, pero no puedo acompañarte en tu evitación y seguir alimentando una relación enferma… No puedo ser tu cómplice en esto y seguir dilatando la cuestión. Llegó la hora de ponerle final a la historia. Aunque no haya sido tu intención, has aceptado pasivamente los agravios. El miedo te ha paralizado y has negociado con algo que no es negociable: tu dignidad. ¿De qué te ha servido la postergación? Llevas más de diez años acumulando rencor y tratando de apaciguar y conciliar con alguien que aparentemente no quiere hacerlo. Cada vez que desertas, ella incrementa su arsenal de agravios. Tú en retirada y ella al ataque. Es hora de que asumas el reto. Siempre y cuando seas respetuosa, no me importa cómo lo hagas, lo principal es que te quites de encima esta carga de rabias y rencores que te atormenta. Es posible que ella te deje de hablar un tiempo y se sienta escandalizada ante tu rebelión, pero ese es el costo que tendrás que pagar para empezar a respetarte a ti misma y que te respeten. No hay un día especial para ser digno. Hoy es el día”.  

-“¿Y si ella me deja de querer?”, preguntó ella. Le contesté:
– “Si eso llegara a ocurrir, muy probablemente nunca te habrá querido de verdad. Y agregué: “Si fuera así, ¿no es mejor saberlo de una vez?”.

Al lunes siguiente recibí una llamada contándome la buena nueva de que al fin había podido hablar con su madre. La reacción de la señora había sido aceptable y A.F. se mostraba muy contenta. Recuerdo sus palabras finales: “Me gustó hacerlo… Sentí como si me drenaran una infección de años… Lástima no haberlo hecho antes”.
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