Aprende a aceptar que el amor se acabó

Redacción Editorial Phrònesis

Muchas son las consecuencias desembocadas por la inmadurez emocional, hay una que enmarca el apego afectivo y obstaculiza el desarrollo saludable en las relaciones de pareja: la ilusión de permanencia.

La fluidez natural de la vida tiene que darse, más allá de objeciones y rabietas está la certeza de habitar la incertidumbre y la necesidad de improvisar para sobrevivir: somos seres móviles tratando de adaptarse a escenarios abiertos que nunca se resuelven definitivamente. 

Sin menospreciar la importancia de la planeación, hay que darle protagonismo a la flexibilidad que nos impide pegarnos ciegamente a nada.

Nada nos pertenece en realidad, “pagamos” una renta a la vida por todo mientras lo disfrutamos a nuestra manera. Vista así, la existencia se asusta. Como dice el viejo y conocido refrán: “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. Impermanencia de todas las cosas: el amor, el poder, la vida, el sufrimiento, la espiritualidad, la salud, la familia, los hijos, el trabajo, y así hasta el infinito.

La ilusión de permanencia o impermanencia (anicca, en pali) es quizás el factor principal que nos impide “abdicar sanamente” de los apegos. Aceptar la impermanencia te permite decir: “Se acabó” o “Se fue”, sin tratar de recuperar lo irrecuperable. Es hacerle el “duelo a una relación” cuando el goce se desvanece o concluye; es la sabiduría de la extinción.

¿Cuántas veces has querido traer de regreso a alguien que ya no vendrá? ¿Cuántas veces te has quedado en “lo que podría haber sido y no fue”, en vez de aceptar la pérdida? 

No existen puntos medios para un desapego bien procesado: hay que dejar ir lo que se ha perdido, dejarlo morir y aceptar su desaparición.