Ahora que ya no estás…no sé quién soy

Salí de un noviazgo de ocho años. Mi novio decidió terminarme porque estaba cansado y quería tener nuevas experiencias. Después de tantos años, uno no sabe qué es peor, si casarse o terminar. Los noviazgos tipo Matusalén no suelen ser de buen pronóstico. De todas maneras, decidimos estar un tiempo separados. Mi verdadero reto fue estar sin él. Estuvimos juntos desde que éramos adolescentes, así que mi vida giraba alrededor de él. Durante ocho años estuve a su lado como un fiel escudero. Casi no tenía amigas, ni grupos de referencia, ni vocación, ni inquietudes, nada, solo un trabajo rutinario que a duras penas me gustaba. Empecé a ir al psicólogo, me sentía perpleja, como si hubiera nacido ayer. Mi psicólogo me decía que mi ex me había suministrado lo necesario para sobrevivir afectivamente hasta el momento y mis aficiones eran prestadas. Entonces vi una pantalla de cine en blanco frente a mí. Por primera vez tenía que mirarme a mí misma y cuestionarme qué me ofrecía el mundo. 

Pasó un año para poder adquirir el espíritu de exploración natural que poseen la mayoría de las personas. Mi ex nunca volvió a aparecer, pero fui capaz de cultivar mis inquietudes y mirar más allá de lo evidente: hay noviazgos que atrofian la capacidad de sentir y adormecen el alma, como me pasó a mí. 

¿Quién dijo que para establecer una relación afectiva uno debe encarcelarse?, ¿de dónde surge esa ridícula idea de que el amor implica estancamiento?, ¿por qué algunas personas al enamorarse pierden sus intereses vitales?, ¿el amor debe ser castrante?, ¿realmente el vínculo afectivo requiere de estos sacrificios? Los preceptos sociales han hecho desastres. Amar no es anularse, sino crecer de a dos.

Anónimo